miércoles, 16 de julio de 2008

Primera Plana



Falso dilema
Por Gustavo Abad

http://rostroadusto.blogspot.com

–No les digas prófugos a los Isaías –le reclamaba hace pocos años el editor de un medio guayaquileño a un inteligente analista que escribía para ese diario.
–¿Entonces, cómo se les dice a los que huyen de la justicia? –replicaba el periodista.
–Llámalos de otra manera, pero no nos causes problemas, o tu columna no se publica –fue la respuesta definitiva.
El columnista no claudicó, pero perdió su trabajo, y con ello su libertad de expresión así como sus lectores el derecho a la información.


Ingrid la gorda o los Magníficos en Colombia
Por: Santiago Cárdenas

http://hablenomas.blogspot.com

La telenovela que le ganó en extensión y drama a Betty la Fea llegó a su fin: Ingrid Betancourt fue liberada el miércoles, entre bombos, platillos y melodrama mediático. De este lado, mientras tanto, el día oscilaba entre la esperanza y la angustia por ver cómo le iba a la Liga en el Maracaná. Afortunadamente hubo maracanazo II y todos tan felices. Ya era hora, por otro lado.

Más allá de ideologías



Sobre el tema del aborto admito tener posiciones contradictorias, por un lado está el derecho a la vida en el cual creo y por otro se que es absurdo e injusto que por ley impidamos a un médico a salvar la vida a una mujer con embarazo extra uterino por el hecho de que no se puede (sin excepciones) practicar ningún tipo de aborto.

En la práctica vemos que, a pesar de que ahora y desde hace mucho tiempo es ilegal en el Ecuador, el aborto se practica con mucha frecuencia con el agravante de que por su condición de clandestino no siempre se realiza en condiciones sanitarias óptimas, dejando como resultado que esta ley a favor de la vida termina matando mujeres, en la mayoría de los casos pobres.

No se trata de poner las cosas en blanco y negro, en derechas e izquierdas o de laicismo vs. iglesia. Al volver ideológica la discusión quedan en segundo plano los verdaderos protagonistas de los derechos: las mujeres y los no natos. Por un momento dejemos a un lado las posiciones religiosas o políticas, si lo que realmente nos importa es la vida de los otros, deberíamos empezar aceptando lo obvio: la ley no frenará los abortos, por lo tanto es ridículo pensar que ayudas a la resolución del problema apoyando o no, la inclusión de una frase concreta en nuestra Constitución.

En estos asuntos todos queremos salvar la conciencia, pero en este caso, la mía no estará tranquila por defender una ideología sino por apoyar la posición que salve más vidas, personalmente creo que legalizando el aborto el estado podrá hacer más por los dos sujetos de derechos involucrados, por lo tanto se salvarán más vidas. El discutir de la moralidad del aborto está bien para nuestras actuaciones personales, finalmente cada uno sabrá si lo hace o no, pero si estamos hablando su tratamiento dentro de una Constitución Política, es decir del manejo que el Estado pueda hacer de un problema de salud pública debemos pensar en el bien del otro no apresurarnos a juzgarlo.

Saturnino Topón: Hombre de canción antigua



Por: David Guzmán

El pingullo y el tambor son la memoria de un pueblo silencioso, de un hombre secreto. Saturnino Topón sabe que su música tiene el poder de la magia, el vigor de un hechizo.

El hombre exhuma, nostálgico, el génesis de su apego a la música andina: su primer tambor lo cambió por un gallo, cuando era un niño. "Un amigo tiene un tambor, negóciale con el gallo", le dijo su abuelo, y Saturnino recuerda que envió su instrumento donde el ebanista para que, por 42 sucres, lo cubriera de barniz.
Pero aquel primer tambor lo perdió por pasar un río: se fue en el agua, cuando lo sorprendió la creciente. Alguna vez también extravió su bandolín y hasta su pingullo.

El último que tuvo se lo regaló a un gringo: "como me dijo que se lo iba a llevar a Estados Unidos y me lo quería comprar, se lo regalé". Quizá el extranjero supo valorar la herencia que aquí se olvida.

Con la piel pegada a los huesos y el rostro arrugado como un fruto seco, vestido con pantalones de casimir y camisa de bayeta, Don Saturnino Topón es uno de los pingulleros del valle de Sangolquí, en donde la mayoría de músicos pasan de los 60 años y viven de oficios diversos, como el de albañil. "He sido subcontratista para construir hospitales, restaurar las iglesias y hacer los acabados de las casas de los doctores", cuenta, en relación con su trabajo de albañil, y evoca que la primera vez que actuó en público fue por invitación de su abuelo: "un pingullero se lastimó el pie un día y yo salí en lugar de él.

Así fue, siendo niño todavía". De repente, taciturno, el chulla sangolquileño recuerda el placer de tocar: "daban de comer, pagaban 6 sucres, platal". Recuerda el cuy y la gallina. Como era guambra, no tomaba. "Después, ya". Minutos más tarde la frente se le humedece de sudor mientras toca, de pie en la sala de su pequeña casa, El tono del diablo.

Don Saturnino pasa revista a las canciones que se sabe: la culebrilla, el curiquingue, la entrada y salida de cintas.

El resoplar agudo de su pingullo, el retumbar de su tambor acompañan a los bailarines, a las vacas locas, a los enmascarados de alambre, aunque reconoce que ya no le salen algunas tonadas: "se habrá dañado el pingullo o la mente". Antes de volver a "encender" su bandolín, nos explica que va a tocar La soledad del pajonal.



“Para templar el bandolín pagaba con trago. Después ya aprendí a afinar: era como comerse un pan”. Resuena luego una melodía melancólica. "De España es que son nacidos" explica después Don Saturnino, en relación con este laúd andino en
David Guzmán

forma de pera. Para "templar" el pingullo, el anciano dice que lo sumerge en vino, o en licor; mientras que para afinar el bandolín antes tenía que pagar, a veces ¼ de trago, a veces unos cigarros. "Después ya aprendí: era como comerse un pan". Para estos músicos populares los primeros radios portátiles les arrebataron los escenarios y las invitaciones a interpretar su música. "Eran enemigos de nosotros -cuenta Saturnino- como las vitrolas y como los cassetes". Aunque sus nietos no tienen la afición, cree que en las fiestas está renaciendo la costumbre de tocar.

Es tan significativo el interés por esta música que Don Saturnino explica que lo llevaron a un estudio a grabar: "en un cuartito chiquito me pusieron y me dijeron que toque". De Cotogchoa a Pintag, de Machachi a Ushimana, por los valles, Don Saturnino lleva la antigüedad de sus melodías profundas, y a veces lo acompañan las guitarras, el rondador y la melódica. "A veces, hasta mis nietos me acompañan con el requinto", suspira. Pero la música no da para vivir. "Mal va el trabajo. Que me diera para ir a tocar en la radio, para tener trabajos" dice, al tiempo que una sonrisa apesadumbrada se posa, como una libélula de invierno, en su rostro.

Comienza a relatar que hubo un aluvión que se llevó la casa de su hija, su chanchera y el muro de otra casa. "La dirección del Municipio me dijo que no hay plata para arreglar, que ponga yo mismo", suelta, y casi al mismo tiempo replica que a él ya le sacaron los gaviones y el molón para la carretera que pasa por delante de su vivienda, pero que ya no le van a sacar más.

Pero la seriedad le dura poco, bosqueja otra sonrisa y dice: "habla bien tocadito", refiriéndose a su bandolín. Y remata sobre sí mismo: "antes no había uno que me gane".

martes, 15 de julio de 2008

Falso dilema



Gustavo Abad

– No les digas prófugos a los Isaías –le reclamaba hace pocos años el editor de un medio guayaquileño a un inteligente analista que escribía para ese diario.

– ¿Entonces, cómo se les dice a los que huyen de la justicia? – replicaba el periodista.

– Llámalos de otra manera, pero no nos causes problemas, o tu columna no se publica –fue la respuesta definitiva.

El columnista no claudicó, pero perdió su trabajo, y con ello su libertad de expresión así como sus lectores el derecho a la información.

Por eso causa vértigo mirar cómo la mayoría de medios tradicionales pregonan que la incautación de 195 empresas –entre ellas tres canales de televisión– del Grupo Isaías, por parte de la AGD, es un atentado a la libertad de expresión en el Ecuador.

Al escuchar eso uno se pregunta: ¿Dónde anida realmente la censura y la distorsión, en el poder político o en el poder económico-mediático? ¿Se puede atentar contra algo que ya fue destrozado hace años por esos mismos medios debido a sus vinculaciones con grupos económicos? ¿Acaso tres canales, cuya programación es a la comunicación lo que la comida chatarra es a la alimentación, se pueden adjudicar la representación de la libertad de expresión en este país?

Mejor libertad es la que ejerce la gente en la calle y que, por asociación de ideas, en la última década ha unido al sustantivo banquero el calificativo corrupto como fórmula indisociable y condenatoria, surgida de la propia experiencia sin otra mediación.

Muchos recordamos todavía la entrevista en la que el entonces ministro de Economía, Ricardo Patiño, trapeó el piso con los despojos anímicos del periodista Jorge Ortiz, evidentemente ofuscado y sin capacidad de reacción ni argumentos, cuando el funcionario, a cada pregunta, le respondía: “ustedes pertenecen a la banca”.

Fue un episodio lamentable, no por Ortiz, sino por los miles de televidentes que esperábamos una explicación convincente acerca de la renegociación de la deuda externa, pero el ministro no la ofrecía porque estaba ante un hombre disminuido, que admitía que su credibilidad estaba “por los suelos” y que era empleado de un banquero, pero en un canal, según aclaraba en tono de acusado.

¿Y el derecho a la información? Relegado tras el bochorno del periodista.

En esta última semana, casi todos los medios tradicionales se han esforzado en venderle al público un falso dilema, que consiste en confundir una acción legal de incautación de bienes de los responsables del más grande atraco bancario en la historia del país con un atentado a la libertad de expresión.

Triste papel de esos medios, que harían mejor en preocuparse de cómo logrará el Estado que esos bienes sirvan para restituir el dinero a los afectados y, mientras tanto, cómo evitará usar esos canales para propaganda política oficial, pues la legitimidad jurídica y moral de la incautación podría desdibujarse si el Gobierno decide intervenir en la línea editorial o en la programación.

Una cosa es ejecutar un proceso legal y otra sería usar una infraestructura comunicacional para imponer un modo de hacer y decir, lo cual otorgaría argumentos a quienes reducen todo esto a un cálculo coyuntural.

El tono dramático con el que han informado sobre este caso los medios, especialmente de televisión, la información editorializada que han emitido los reporteros, la mala intención al mezclarlo con la no renovación de la frecuencia a Radio Sucre, sí son un atentado al derecho a la información, un derecho que reclaman los ciudadanos y que nunca ha sido respetado ni defendido por los medios controlados por banqueros.