miércoles, 16 de julio de 2008

Saturnino Topón: Hombre de canción antigua



Por: David Guzmán

El pingullo y el tambor son la memoria de un pueblo silencioso, de un hombre secreto. Saturnino Topón sabe que su música tiene el poder de la magia, el vigor de un hechizo.

El hombre exhuma, nostálgico, el génesis de su apego a la música andina: su primer tambor lo cambió por un gallo, cuando era un niño. "Un amigo tiene un tambor, negóciale con el gallo", le dijo su abuelo, y Saturnino recuerda que envió su instrumento donde el ebanista para que, por 42 sucres, lo cubriera de barniz.
Pero aquel primer tambor lo perdió por pasar un río: se fue en el agua, cuando lo sorprendió la creciente. Alguna vez también extravió su bandolín y hasta su pingullo.

El último que tuvo se lo regaló a un gringo: "como me dijo que se lo iba a llevar a Estados Unidos y me lo quería comprar, se lo regalé". Quizá el extranjero supo valorar la herencia que aquí se olvida.

Con la piel pegada a los huesos y el rostro arrugado como un fruto seco, vestido con pantalones de casimir y camisa de bayeta, Don Saturnino Topón es uno de los pingulleros del valle de Sangolquí, en donde la mayoría de músicos pasan de los 60 años y viven de oficios diversos, como el de albañil. "He sido subcontratista para construir hospitales, restaurar las iglesias y hacer los acabados de las casas de los doctores", cuenta, en relación con su trabajo de albañil, y evoca que la primera vez que actuó en público fue por invitación de su abuelo: "un pingullero se lastimó el pie un día y yo salí en lugar de él.

Así fue, siendo niño todavía". De repente, taciturno, el chulla sangolquileño recuerda el placer de tocar: "daban de comer, pagaban 6 sucres, platal". Recuerda el cuy y la gallina. Como era guambra, no tomaba. "Después, ya". Minutos más tarde la frente se le humedece de sudor mientras toca, de pie en la sala de su pequeña casa, El tono del diablo.

Don Saturnino pasa revista a las canciones que se sabe: la culebrilla, el curiquingue, la entrada y salida de cintas.

El resoplar agudo de su pingullo, el retumbar de su tambor acompañan a los bailarines, a las vacas locas, a los enmascarados de alambre, aunque reconoce que ya no le salen algunas tonadas: "se habrá dañado el pingullo o la mente". Antes de volver a "encender" su bandolín, nos explica que va a tocar La soledad del pajonal.



“Para templar el bandolín pagaba con trago. Después ya aprendí a afinar: era como comerse un pan”. Resuena luego una melodía melancólica. "De España es que son nacidos" explica después Don Saturnino, en relación con este laúd andino en
David Guzmán

forma de pera. Para "templar" el pingullo, el anciano dice que lo sumerge en vino, o en licor; mientras que para afinar el bandolín antes tenía que pagar, a veces ¼ de trago, a veces unos cigarros. "Después ya aprendí: era como comerse un pan". Para estos músicos populares los primeros radios portátiles les arrebataron los escenarios y las invitaciones a interpretar su música. "Eran enemigos de nosotros -cuenta Saturnino- como las vitrolas y como los cassetes". Aunque sus nietos no tienen la afición, cree que en las fiestas está renaciendo la costumbre de tocar.

Es tan significativo el interés por esta música que Don Saturnino explica que lo llevaron a un estudio a grabar: "en un cuartito chiquito me pusieron y me dijeron que toque". De Cotogchoa a Pintag, de Machachi a Ushimana, por los valles, Don Saturnino lleva la antigüedad de sus melodías profundas, y a veces lo acompañan las guitarras, el rondador y la melódica. "A veces, hasta mis nietos me acompañan con el requinto", suspira. Pero la música no da para vivir. "Mal va el trabajo. Que me diera para ir a tocar en la radio, para tener trabajos" dice, al tiempo que una sonrisa apesadumbrada se posa, como una libélula de invierno, en su rostro.

Comienza a relatar que hubo un aluvión que se llevó la casa de su hija, su chanchera y el muro de otra casa. "La dirección del Municipio me dijo que no hay plata para arreglar, que ponga yo mismo", suelta, y casi al mismo tiempo replica que a él ya le sacaron los gaviones y el molón para la carretera que pasa por delante de su vivienda, pero que ya no le van a sacar más.

Pero la seriedad le dura poco, bosqueja otra sonrisa y dice: "habla bien tocadito", refiriéndose a su bandolín. Y remata sobre sí mismo: "antes no había uno que me gane".

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